jueves, 14 de septiembre de 2017

José Antonio Pagola - VIVIR PERDONANDO


José Antonio Pagola - VIVIR PERDONANDO

Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que los persiguen, el perdón a quien les hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario, pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos y conflictos. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos? En concreto: «¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda?».

Antes de que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios, que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.

Sin embargo, Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía, donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

La respuesta de Jesús exige ponernos en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido el «Canto de venganza» de Lámec, un legendario héroe del desierto, que decía así: «Caín será vengado siete veces, pero Lámec será vengado setenta veces siete». Frente a esta cultura de la venganza sin límites, Jesús propone el perdón sin límites entre sus seguidores.

Las diferentes posiciones ante el Concilio han ido provocando en el interior de la Iglesia conflictos y enfrentamientos a veces muy dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de Internet para sembrar agresividad y odio, destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.

Necesitamos urgentemente testigos de Jesús que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.

24 Tiempo ordinario – A
(Mateo 18,21-35)
17 de septiembre 2017

José Antonio Pagola 




BENDITO SEAS, POR TANTAS PERSONAS BUENAS
Florentino Ulibarri

Bendito seas
por tantas personas buenas
que viven y caminan con nosotros
haciéndote presente cada día
con rostro amigo de padre y madre.

Bendito seas
por quienes nos aman sinceramente,
nos ofrecen gratis, lo que tienen
y nos abren las puertas de su amistad,
sin juzgarnos ni pedirnos cambiar.

Bendito seas
por las personas que contagian simpatía
y siembran esperanza y serenidad
aún en los momentos de crisis y amargura
que nos asaltan a lo largo de la vida.

Bendito seas
por quienes creen en un mundo nuevo
aquí, ahora, en este tiempo y tierra,
y lo sueñan y no se avergüenzan de ello
y lo empujan para que todos lo vean.

Bendito seas
por quienes aman, y lo manifiestan,
y no calculan su entrega a los demás;
y por quienes infunden ganas de vivir
y comparten hasta lo que necesitan.

Bendito seas
por las personas que destilan gozo y paz
y nos hacen pensar y caminar;
y por las que se entregan y consumen
por hacer felices a los demás.

Bendito seas
por las personas que han sufrido y sufren
y creen que la violencia no abre horizontes;
y por quienes tratan de superar la amargura
y no se instalan en las metas conseguidas.

Bendito seas
por quienes hoy se hacen cargo de nosotros
y cargan con nuestros fracasos
y se encargan de que no sucumbamos
en medio de esta crisis y sus ramalazos.

Bendito seas
por tantos y tantos buenos samaritanos
que detienen el viaje de sus negocios
y se paran a nuestro lado a curarnos,
y nos tratan como ciudadanos y hasta hermanos.

Bendito seas
por la buena gente, creyente y no creyente,
que recorre nuestra tierra entregándose
y sirviendo a quienes tienen necesidades;
ellos son los nuevos santos que te hacen presente.

Bendito seas
por haber venido a nuestro encuentro
y habernos hecho hijos e hijas queridas.
Hoy podemos contar, contigo y con tantos hermanos,
a pesar de nuestra torpeza y heridas.



¿CUÁNTAS VECES TIENE QUE PERDONARTE A TI?
Fray Marcos
Mt 18, 21-35

El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mt sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad. El perdón es la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo real.

La frase "setenta veces siete", no podemos entender­la literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa. Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda (270 t. de plata). El empleado es incapaz de perdonar una minucia (400 grs.). Al final del texto, encontramos un ramalazo de AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.

El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón de evangelio. El ego necesita enfrentarse al otro para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este perdón es la famosa frase: “perdono, pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.

Para entrar en la dinámica del perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la ÚNICA REALIDAD, descubriré que no hay nada que perdonar, porque no hay otro. Con un ejemplo podemos aproximarnos a la idea. Si tengo una infección en el dedo meñique del pie y me causa unos dolores inaguantables, ¿puedo echar la culpa al dedo de causarme dolor? El dedo forma parte de mí y no hay manera de considerarlo como un objeto agresor. Hago todo lo posible por curarlo porque es la única manera de ayudarme a mí mismo.

Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad por parte del otro, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno, lo que en realidad es malo. Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón.

“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es perdón porque llega a nosotros sin merecerlo. Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos, nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el jurisdicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús. En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces esconde nuestro afán de venganza. El razonamiento de que sin justicia los malos se adueñarían del mundo, no tiene sentido.

Nuestro sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón. Es completamente descabellado pensar que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia. La justicia no consiste en que una persona perjudicada, consiga perjudicar al agresor. Seguiremos utilizando la justicia para dañar al otro.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: "Del vengativo se vengará el Señor". "Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas". Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenues­tro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: "...Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14). ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano. También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la necesidad psicológica del ser humano de un marco de aceptación. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios. Descubrir, después de un fallo grave, que Dios me sigue queriendo, me llevará a la recuperación, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave. La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado es descubrir que aquel a quien ofendí me ha perdonado.

Meditación

Si vivo en la superficie de mi ser (ego),
el perdón que nos pide Jesús, será imposible.
No hay ofensor, ni ofendido, ni ofensa.
No hay nada que perdonar, ni nadie a quien perdonar.
Cualquier otra solución no pasará de artificial e inútil,
o se convierte en refuerzo de nuestro ego.

Fray Marcos




PERDONAR SIEMPRE
José Enrique Galarreta, SJ.
Mt 18, 21-35

Esta parábola no tiene paralelos en los otros evangelios, y su forma es profundamente aramea, Galilea.

La proposición de Pedro es ciertamente generosa. Siete veces es ya un número simbólico (todos los números suelen serlo en la Escritura), que indica abundancia, generosidad. Pero generosidad con límite legal: después de perdonar siete veces, ¿qué pasará con la ofensa número ocho?

La respuesta de Jesús "setenta veces siete", no significa cuatrocientas noventa veces sino "siempre". Son los modos, concretos y plásticos de expresarse de aquel tiempo. Significa que mi disposición a perdonar es permanente, no depende del número de las ofensas recibidas.

El mensaje de la parábola no está en la manera de actuar del señor sino en la manera de actuar del siervo "malvado", como retrato negativo. Es importante hacer esta precisión, en ésta y en todas las parábolas, si no queremos sacar de ellas consecuencias no queridas por Jesús.

Las parábolas, no nos cansemos de recordarlo, no son alegorías en las que todo detalle tiene su significado: son historietas con muchos detalles que sólo dan colorido a la narración, para sacar una conclusión, un mensaje.

Aquí, la conducta del señor es solamente un detalle de la narración, sin significado. Lo vemos claramente en que el Señor no perdona más que una vez al siervo malvado, -no "setenta veces siete"- cuando Dios sí que perdona.

Sacar de esta parábola la conclusión de que Dios acaba castigando con el fuego eterno está en contradicción con toda la enseñanza de Jesús. Es la imagen del siervo, perdonado en lo mucho e incapaz de perdonar en lo poco, lo que constituye el centro del mensaje.

El texto que leemos tiene una conclusión: "Así lo hará Dios con vosotros, si no perdonáis a vuestros hermanos". Es más que dudoso que la conclusión sea de Jesús. Jesús suele dejar las parábolas "abiertas". Una vez concluida la narración, "el que tenga oídos que oiga".

Pero no pocas veces, el uso de las parábolas en las catequesis y en las eucaristías les ha ido añadiendo moralejas y consecuencias, que no pocas veces representan más las reflexiones de la comunidad que las palabras de Jesús. La "conclusión" de la parábola de hoy parece ser un ejemplo claro de esto.

El perdón es uno de los centros neurálgicos de la Buena Noticia, y es un buen test de la sinceridad y también de la madurez de nuestra fe. Jesús habla del perdón de muchas maneras.

En sus dichos: "perdonad y seréis perdonados", "la parábola del hijo pródigo", "perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores"...

Y muy especialmente en sus hechos, en su manera de comportarse con las personas: la adúltera, la mujer que le unge los pies en casa de Simón, la rehabilitación de Pedro, el Buen ladrón, y el "perdónales porque no saben lo que hacen".

La parábola de hoy muestra el fundamento último de nuestro talante de perdonar. Perdonamos porque Dios perdona, y esto, a dos niveles. Ante todo, el que ha conocido a Dios, a Abbá, sabe que está perdonado de antemano, que Dios es un permanente perdón, una acogida inquebrantable. Es la aplicación concreta de lo que vimos ya el domingo pasado: me siento querido y respondo queriendo; me siento perdonado y respondo perdonando.

Pero no solamente como una obligación sino, ante todo, como una conversión, un cambio de corazón. He experimentado que estoy vivo gracias a que Dios no pasa factura. He experimentado que puedo existir a pesar de mis errores. He experimentado en mí mismo cómo es el modo humano de vivir: dándose una y otra vez oportunidades, no exigiendo de nadie la perfección sino el afán de mejorar a pesar de los fallos.

Lo he experimentado en mí, en cómo se porta Dios conmigo, y vivo así, portándome así con todos. No por exceso de misericordia, sino porque esa es la verdad, la condición humana, limitada y caminante. Dios es así, Dios acierta, yo quiero ser así.

La parábola del hijo pródigo muestra bien la esencia de la relación paterno-filial. El hijo vuelve, y es considerado otra vez como hijo. La justicia misericordiosa le habría admitido como criado. El padre le reconoce como hijo. De ahí que el hijo se sienta urgido en el futuro a portarse como hijo. Esa es la fuente de nuestro amor a Dios y a los demás, la fuente del perdón que dispensamos siempre.

Jesús, en el momento de ser crucificado, se porta como Hijo. No se porta como los que le están crucificando. No les devuelve el mal que le hacen. Se porta como Hijo, sigue queriendo su salvación. Se porta como Dios, su Padre.

Quizá la expresión más atrevida de este clima es la que propone el Padrenuestro. "Perdónanos como nosotros perdonamos". Si se considera como una proposición a Dios, invitándole a que su perdón sea respuesta al nuestro, es un suicidio.

La realidad debería ser la opuesta: "haz que perdonemos como Tú nos perdonas". Pero no se trata de un pacto, de un comercio. Se trata de expresar nuestra condición de hijos, de reconocer que estamos dispuestos a instalarnos entre nosotros en el mismo clima de perdón en que cada uno se sitúa delante de Dios.

No debemos omitir sin embargo un aspecto extraordinariamente delicado en la aplicación de todo lo anterior a las circunstancias concretas.

Si unos pocos de la sociedad perdonan siempre todo, y los demás siguen ofendiendo. Si los ladrones son perdonados sin más, si los políticos corruptos son perdonados sin más, si los terroristas asesinos son perdonados sin más, si los poderosos siguen explotando a los débiles y son perdonados sin más... la sociedad canoniza a sus mismos destructores, deja inermes a las personas y se destruye a sí misma.

El perdón no es un salvoconducto para obrar mal, ni significa que lo mal hecho no tenga importancia.

Dicho de manera quizá demasiado tajante, aspiramos a que sea posible una sociedad basada en el perdón. Pero no estamos en ella. El perdón radica en la conversión. El mundo del pecado no deja sitio al perdón; puede aspirar como mucho a imponer la justicia. Y hay muchas circunstancias en el mundo en que no podemos aspirar a otra cosa que a la justicia.

Sin embargo, los que siguen a Jesús no se conforman con que se haga justicia, aunque esto sea evidentemente necesario: aspiran a la reconciliación cordial de las personas. Aspiran a que sea posible el perdón, pero esto no depende solo de ellos. Tendrán que limitarse a hacer justicia, aunque, si son seguidores de Jesús, añorando no poder condonar la deuda sin más.

La cumbre del perdón, lo más difícil e incluso incomprensible, es el amor a los enemigos. En esto, como en todo, el modelo perfecto es el mismo Jesús. Mientras le crucifican, Jesús ora por los que le están clavando. Evidentemente, no es que le caigan bien, no es que sienta amistad por ellos. Pero sí es que por su parte no les desea mal. Ellos son enemigos de Jesús, pero Jesús no es enemigo de ellos.

Pero este "amor a los enemigos" no le ha impedido a Jesús atacar, ridiculizar y agredir verbalmente a los escribas y fariseos, y expulsar del Templo a latigazos a los traficantes de ganado. Y también a todos esos les ama Jesús y desea su salvación. Tampoco los considera enemigos. Pero les desenmascara, les ataca, les excluye.

El fondo de todo esto está sin duda en una disposición interior, en un deseo de ser hermano de todos y de portarse como tal. Son mis pecados y sus pecados los que pueden hacerlo imposible.

Y cuando es imposible de hecho, cuando mis o sus pecados, o ambos, nos obligan a descender al terreno de la simple justicia, el corazón cristiano deberá sangrar. Alegrarse del castigo puede significar renunciar a la compasión, manifestando así que nuestro corazón no es fraternal, no es como el de Jesús.

José Enrique Galarreta, SJ.



PERDONAR DE CORAZÓN
José Luis Sicre

La visita del Papa Francisco a Colombia ha puesto de relieve algo muy sabido: las diferencias ante los acuerdos de paz y lo difícil que es perdonar. Algo parecido ocurrió y sigue ocurriendo en España con ETA, y en otros muchos países. Las lecturas de este domingo hablan del perdón. No a grandes niveles, sino a nivel individual y personal, que es el que afecta a la inmensa mayoría de las personas.

Argumentos para perdonar (1ª lectura: Eclesiástico 27,33-28,9)
La primera lectura está tomada del libro del Eclesiástico, que es el único de todo el Antiguo Testamento cuyo autor conocemos: Jesús ben Sira (siglo II a.C.). Un hombre culto y estudioso, que dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre la recta relación con Dios y con el prójimo. En su obra trata infinidad de temas, generalmente de forma concisa y proverbial, que no se presta a una lectura precipitada. Eso ocurre con la de hoy a propósito del rencor y el perdón.

El punto de partida es desconcertante. La persona rencorosa y vengativa está generalmente convencida de llevar razón, de que su rencor y su odio están justificados. Ben Sira le obliga a olvidarse del enemigo y pensar en sí mismo: “Tú también eres pecador, te sientes pecador en muchos casos, y deseas que Dios te perdone”. Pero este perdón será imposible mientras no perdones la ofensa de tu prójimo, le guardes rencor, no tengas compasión de él. Porque «del vengativo se vengará el Señor».

Si lo anterior no basta para superar el odio y el deseo de venganza, Ben Sira añade dos sugerencias: 1) piensa en el momento de la muerte; ¿te gustaría llegar a él lleno de rencor o con la alegría de haber perdonado? 2) recuerda los mandamientos y la alianza con el Señor, que animan a no enojarse con el prójimo y a perdonarle. [En lenguaje cristiano: piensa en la enseñanza y el ejemplo de Jesús, que mandó amar a los enemigos y murió perdonando a los que lo mataban.]

Pedro y Lamec
Lo que dice Ben Sira de forma densa se puede enseñar de forma amena, a través de una historieta. Es lo que hace el evangelio de Mateo en una parábola exclusiva suya (no se encuentra en Marcos ni Lucas).

El relato empieza con una pregunta de Pedro. Jesús ha dicho a los discípulos lo que deben hacer «cuando un hermano peca» (domingo pasado). Pedro plantea la cuestión de forma más personal: «Si mi hermano peca contra mí», «si mi hermano me ofende». ¿Qué se hace en este caso? Un patriarca anterior al diluvio, Lamec, tenía muy clara la respuesta:

«Por un cardenal mataré a un hombre,
a un joven por una cicatriz.
Si la venganza de Caín valía por siete,
la de Lamec valdrá por setenta y siete» (Génesis 4,23-24).

Pedro sabe que Jesús no es como Lamec. Pero imagina que el perdón tiene un límite, no se puede exagerar. Por eso, dándoselas de generoso, pregunta: «¿Cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Toma como modelo contrario a Caín: si él se vengó siete veces, yo perdono siete veces.

Jesús le indica que debe tomar como modelo contrario a Lamec: si él se vengó setenta y siete veces, perdona tú setenta y siete veces. (La traducción litúrgica, que es la más habitual, dice «setenta veces siete»; pero el texto griego se puede traducir también por setenta y siete, como referencia a Lamec). En cualquier hipótesis, el sentido es claro: no existe límite para el perdón, siempre hay que perdonar.

La parábola (Mt 18,21-35)
Para justificarlo propone la parábola de los dos deudores. La historia está muy bien construida, con tres escenas: la primera y tercera se desarrollan en la corte, en presencia del rey; la segunda, en la calle.

1ª escena (en la corte): el rey y un deudor. Se subraya: 1) La enormidad de la deuda; diez mil talentos equivaldrían a 60 millones de denarios, equivalente a 60 millones de jornales. 2) Las duras consecuencias para el deudor, al que venden con toda su familia y posesiones. 3) Su angustia y búsqueda de solución: ten paciencia. 4) La bondad del monarca, que, en vez de esperar con paciencia, le perdona toda la deuda.

2ª escena (en la calle): está construida en fuerte contraste con la anterior. 1) Los protagonistas son dos iguales, no un monarca y un súbdito. 2) La deuda, cien denarios, es ridícula en comparación con los 60 millones. 3) Mientras el rey se limita a exigir, el acreedor se comporta con extrema dureza: «agarrándolo, lo estrangulaba». 4) Cuando escucha la misma petición de paciencia que él ha hecho al rey, en vez de perdonar a su compañero lo mete en la cárcel.

3ª escena (en la corte): los compañeros, el rey y el primer deudor. 1) La conducta del deudor-acreedor escandaliza e indigna a sus compañeros, que lo denuncian al rey. Este detalle, que puede pasar desapercibido, es muy importante: a veces, cuando una persona se niega a perdonar, intentamos defenderla; sin embargo, sabiendo lo mucho que a esa persona le ha perdonado Dios, no es tan fácil justificar su postura. 2) La frase clave es: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" 

Con esto Jesús no sólo ofrece una justificación teológica del perdón, sino también el camino que lo facilita. Si consideramos la ofensa ajena como algo que se produce exclusivamente entre otro y yo, siempre encontraré motivos para no perdonar. Pero si inserto esa ofensa en el contexto más amplio de mis relaciones con Dios, de todo lo que le debemos y Él nos ha perdonado, el perdón del prójimo brota como algo natural y espontáneo. Si ni siquiera así se produce el perdón, habrá que recordar las severas palabras finales de la parábola, muy intere­santes porque indican también en qué consis­te perdonar setenta y siete veces: en perdonar de corazón.

La diferencia entre la 1ª lectura y el evangelio
Ben Sira enfoca el perdón como un requisito esencial para ser perdonados por Dios. La parábola del evangelio nos recuerda lo mucho que Dios nos ha perdonado, que debe ser el motivo para perdonar a los demás.

José Luis Sicre

sábado, 9 de septiembre de 2017

José Antonio Pagola - ESTÁ ENTRE NOSOTROS


José Antonio Pagola - ESTÁ ENTRE NOSOTROS

Aunque las palabras de Jesús, recogidas por Mateo, son de gran importancia para la vida de las comunidades cristianas, pocas veces atraen la atención de comentaristas y predicadores. Esta es la promesa de Jesús: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Jesús no está pensando en celebraciones masivas, como las de la plaza de San Pedro en Roma. Aunque solo sean dos o tres, allí está él en medio de ellos. No es necesario que esté presente la jerarquía; no hace falta que sean muchos los reunidos.

Lo importante es que «estén reunidos», no dispersos ni enfrentados: que no vivan descalificándose unos a otros. Lo decisivo es que se reúnan «en su nombre»; que escuchen su llamada, que vivan identificados con su proyecto del reino de Dios. Que Jesús sea el centro de su pequeño grupo.

Esta presencia viva y real de Jesús es la que ha de animar, guiar y sostener a las pequeñas comunidades de sus seguidores. Es Jesús quien ha de alentar su oración, sus celebraciones, proyectos y actividades. Esta presencia es el «secreto» de toda comunidad cristiana viva.

Los cristianos no podemos reunirnos hoy en nuestros grupos y comunidades de cualquier manera: por costumbre, por inercia o para cumplir unas obligaciones religiosas. Seremos muchos o, tal vez, pocos. Pero lo importante es que nos reunamos en su nombre, atraídos por su persona y por su proyecto de hacer un mundo más humano.

Hemos de reavivar la conciencia de que somos comunidades de Jesús. Nos reunimos para escuchar su Evangelio, para mantener vivo su recuerdo, para contagiarnos de su Espíritu, para acoger en nosotros su alegría y su paz, para anunciar su Buena Noticia.

El futuro de la fe cristiana entre nosotros dependerá en buena parte de lo que hagamos los cristianos en nuestras comunidades concretas las próximas décadas. No basta lo que pueda hacer el papa Francisco en el Vaticano. Tampoco podemos poner nuestra esperanza en el puñado de sacerdotes que puedan ordenarse los próximos años. Nuestra única esperanza es Jesucristo.

Somos nosotros los que hemos de centrar nuestras comunidades cristianas en la persona de Jesús como la única fuerza capaz de regenerar nuestra fe gastada y rutinaria. El único capaz de atraer a los hombres y mujeres de hoy. El único capaz de engendrar una fe nueva en estos tiempos de incredulidad. La renovación de las instancias centrales de la Iglesia es urgente. Los decretos de reformas, necesarios. Pero nada tan decisivo como volver con radicalidad a Jesucristo.

23 Tiempo ordinario – A 
(Mateo 18,15-20)
10 de septiembre 2017

José Antonio Pagola 




SI SE PIERDE UN HERMANO...
Florentino Ulibarri

Si se pierde un hermano,
si se pierde un hijo,
si se pierde el vecino, el compañero,
el amigo o el enemigo...
¿qué he de hacer, Dios mío?

Lo buscaré sin descanso, día y noche,
por senderos, charcos y bosques,
playas y desiertos, montañas y valles,
pueblos y ciudades e inhóspitos lugares,
con mis pies cansados y corazón anhelante.

Lo llamaré, con mi voz rota, por su nombre
y no cejaré hasta encontrarlo y abrazarlo;
y le diré con ternura y pasión de hermano:
Estoy preocupado y angustiado por ti
y siento que nuestras vidas necesitan dialogarse.

Y si no se detiene y me da la espalda,
o hace oídos sordos a mis palabras,
o me desafía con los hechos o su mirada,
juntaré, antes que oscurezca, la ternura de dos o más
para ahogar su resistencia con fraternidad desbordada.

Y si el fuego de tu Espíritu y de los hermanos
no hace mella en sus gélidas entrañas,
juntaré centenares de cálidos hogares
para que alumbren su noche oscura
y derritan sus hielos invernales.

Y si tal torrente de ternura, gracia y respeto
no doblega su tronco altivo y yermo,
lo cubriré con mi ropa para protegerlo
y lo lavaré sin descanso con mis lágrimas
hasta cicatrizar sus heridas y devolverle la alegría.

Y si a pesar de ello no sigue tu camino,
le perdonaré como tú nos enseñaste;
y si es preciso me convertiré en rodrigón
de su vida, historia y suerte,
renunciando a otros proyectos personales.

Y así ganaré a mi hermano
y la vida que nos prometiste.

¡Bendito seas, Señor, que nos haces fuertes
para curar y ser curados, hoy y siempre,
para amar al hermano y ser por él amados!
¡Bendito seas, Señor, por invitarnos a crear,
vivir, salvar y cultivar la fraternidad!

Florentino Ulibarri 



¿POR QUÉ NOS INTERESA TAN POCO EL BIEN ESPIRITUAL DE LOS DEMÁS?
Fray Marcos
Mt 18, 15-20

Del capítulo 16 hemos pasado al 18. Mt comienza una serie de discursos sobre la comunidad. Es la primera vez que se emplea el término “hermano” para designar a los miembros de la comunidad. Hay que notar que este texto está a continuación de la parábola de la oveja perdida, que termina con la frase: “Así vuestro Padre no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”. El tema de hoy no es el perdón. Los textos lo dan por supuesto y van mucho más allá al tratar de ganar al hermano que ha fallado.

Lo que nos relata el evangelio de hoy es seguramente reflejo de una costumbre de la comunidad de Mt. Se trata de prácticas que ya se llevaban a cabo en la sinagoga. En este evangelio es muy relevante la preocupación por la vida interna de la comunidad (Iglesia). El evangelio nos advierte que no se parte de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos.

En la primera frase tenemos un problema en el mismo texto, porque han llegado a nosotros distintas versiones: ‘si tu hermano peca’, ‘si tu hermano peca contra ti’, ‘si tu hermano te ofende’. Lo que está claro es que ninguna de estas versiones se puede remontar a Jesús. Los evangelios ponen en boca de Jesús lo que era práctica de la comunidad para darle valor definitivo. Al pecar contra ti, debía corresponder el perdón. El próximo domingo, Jesús dirá a Pedro que tiene que perdonar ‘setenta veces siete’.

“Si tu hermano peca”, no debemos entenderlo con el concepto que tenemos hoy de pecado, sencillamente porque no existía. La práctica penitencial de los primeros siglos se fue desarrollando en torno a los pecados contra la comunidad. No se tenía en cuenta, ni se juzgaba la actitud personal con relación a Dios, sino el daño que se hacía a la comunidad. La respuesta de la comunidad no juzgaría la situación personal del que ha fallado, sino su relación con la comunidad, que tiene que velar por el bien de todos sus miembros.

“Atar y desatar”. Es una imagen del AT muy utilizada ya por los rabinos de la época; aquí se refiere a la capacidad de aceptar a uno en la comunidad o de excluirlo de ella. Así lo entendieron también las primeras comunidades, cuyos miembros eran todos judíos. El concepto de pecado, como ofensa a Dios que necesita también el perdón de Dios, tal como lo entendemos hoy, no fue objeto de reflexión en la primera comunidad. No se trata de un poder conferido por Dios para perdonar las ofensas contra Él.

“Todo lo que atéis en la tierra...” Hace dos domingos, el mismo Mt decía exactamente lo mismo, referido a Pedro. ¿Cuál de los dos textos estará en la verdad? Solo hay una solución: Pedro actúa como cabeza de la comunidad. En el evangelio de Mt no se encuentra un sólo dato que haga pensar en una autoridad que toma decisiones. Teniendo en cuenta el contexto, podemos concluir, que son las personas individuales las que tienen que acatar el parecer de la comunidad y no al revés, como se nos quiere hacer ver.

“Donde dos estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está identificado con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta (está en medio) cuando hay por lo menos dos (comunidad). La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga patente. Hoy sabemos que también las relaciones con los animales e incluso con la naturaleza tienen que ser verdaderamente humanas. Se trata de estar identificados con la actitud de Jesús, es decir, buscando únicamente el bien del hombre, de todos los seres humanos, también de los que no pertenecen al grupo.

Es imposible cumplir hoy ese encargo de la corrección fraterna porque está pensado para una comunidad, donde se han desarrollado lazos de fraternidad y todos se conocen y se preocupan los unos de los otros. Lo que hoy falta es precisamente esa comunidad. No obstante, lo importante no es la norma concreta, que responde a una práctica de la comunidad de Mt, sino el espíritu que la ha inspirado y debe inspirarnos a nosotros la manera de superar los enfrentamientos a la hora de hacer comunidad.

La comunidad es la última instancia de nuestras relaciones con Dios y con los demás. Insiste en que hay que agotar todos los cauces para hacer salir al otro de su error, pero una vez agotados todos los cauces, la solución no es la eliminación del otro, sino la de apartarlo, con el fin de que no siga haciendo daño a la comunidad. La solución final manifiesta la incapacidad de la comunidad para convencer al otro de su error. Si la comunidad tiene que apartarlo es que no tiene capacidad de integrarlo.

El sentido de la comunidad es la ayuda mutua en la consecución de la plenitud del hombre. La Iglesia debe ser sacramento (signo) de salvación para todos. Hoy día no tenemos conciencia de esa responsabilidad. Pasamos olímpicamente de los demás. Seguimos enfrascados en nuestro egoísmo incluso dentro del ámbito de lo religioso. El fallo más letal de nuestro tiempo es la indiferencia. Martín Descalzo la llamó “la perfección del egoísmo”. Otra definición que me ha gustado es esta: “es un homicidio virtual”. Seguramente es hoy el pecado más extendido en nuestras comunidades.

Cualquier persona que vaya, sin saberlo, por un camino equivocado, agradecería que alguien le indicara su error y le mostrara el verdadero camino. Si una persona que camina por la carretera hacia Andalucía, te dice que se dirige a Santander, le harías ver que está equivocado. Si al hacer hoy la corrección fraterna, damos por supuesto que el otro tiene mala voluntad, (concepto moderno de pecado) será imposible que te acepte la rectificación. Desde esa perspectiva estás dando por supuesto que tú eres bueno y el otro malo.

La corrección fraterna no es tarea fácil, porque el ser humano tiende a manifestar su superioridad. En este caso puede suceder por partida doble. El que corrige puede humillar al corregido queriendo hacer ver su superioridad moral. Aquí tenemos que recordar las palabras de Jesús: ¿Cómo pretendes sacar la mota del ojo del tu hermano, teniendo una viga en el tuyo? El corregido puede rechazar la corrección por falta de humildad. Por ambas partes se necesita un grado de madurez humana no fácil de alcanzar.

Partiendo de que todo pecado es un error, lo que falla en realidad es la capacidad de los cristianos para convencer al otro de su equivocación, y que siguiendo por ese camino se está apartando de la meta que él mismo pretende conseguir. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el bien del corregido. No solo se aleja él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta. Apartado de los demás, ningún hombre conseguiría el más mínimo grado de humanidad.

Meditación

La máxima manifestación de desamor es la indiferencia.
Camuflarla, bajo el manto de respeto o tolerancia, es cobardía.
Si no me comprometo con el bien espiritual del otro,
es que su presente y su futuro me importan un comino.
Debo ir al encuentro del otro para ayudarle a ser él mismo,
sin juzgarle, sin tener en cuenta su bondad o maldad.
Si no busco sinceramente el bien del hermano.

Fray Marcos



MI PADRE ME QUIERE, MIS HERMANOS ME NECESITAN
José Enrique Galarreta
Mt 18, 15-20

Es parte de una recopilación de "dichos del Señor", que reúne tres mensajes completamente diferentes:
o La corrección fraterna
o Atar y desatar
o La oración en común

Los tres son frases más bien sacadas de sus contextos, y ninguno de los tres tiene la trascendencia teológica que a veces se les ha dado. Vamos a comentarlos muy brevemente:

La corrección fraterna
Algunas comunidades la han aplicado estrictamente así: en privado, con testigos, ante toda la comunidad. Puede ser un uso habitual de la comunidad de Mateo pero ciertamente no es un precepto funda-mental de Jesús. Su aplicación o modificación en nada afecta a los grandes mensajes del Evangelio.

Atar y desatar
Lo único que puede interesarnos de este dicho es que se dirige a todos los discípulos, no solo a Pedro ni siquiera a los Doce. Esto nos lleva a reflexionar sobre la ligereza con que puede cimentarse el Primado de Pedro en un texto sin tener en cuenta otros paralelos, pero también a recordar que para Jesús es fundamental que sus discípulos, la Iglesia, tienen el compromiso de hacer presente en el mundo el Espíritu de Dios.

La oración en común
Aplicar este texto de modo indiscriminado a la eficacia de la oración, como si se nos ofreciera un conjuro poderoso por medio del cual conseguimos que Dios haga en todo nuestra voluntad, no tiene nada que ver con la oración de Jesús ni con la aceptación de la voluntad de Dios. Es sin más una exhortación a la oración en común.

Solemos utilizar este texto en nuestras reuniones: Jesús en medio de la comunidad de creyentes. No por una presencia mítica o fantasmal, sino porque nos reunimos como creyentes, y hacemos presente el espíritu de Jesús, que es lo que nos une, lo que nos hace comunidad.

REFLEXIÓN
Los textos del evangelio ofrecen hoy escasa materia de reflexión. Nos dedicamos al comentario de la segunda lectura, que presenta un tema tan básico.

Algunos piensan hoy que, al insistir en la caridad, hemos ablandado la religión: antes todo era pecado, ahora ya nada es pecado; antes había infierno, ahora ya no lo hay; antes Dios era Juez, ahora resulta que perdona a todos ... Quien piense así no se ha enterado de nada. Lo que está proponiendo Jesús no es un ablandamiento de la Ley sino un cambio de motivación. Y resulta que los nuevos motivos son mucho más exigentes. El amor es mucho más exigente que la Ley. La Buena Noticia es, a la vez, lo más tranquilizador y lo más exigente del mundo.

La definición misma del ser humano depende de su relación con Dios y, por tanto, del conocimiento de Dios. La esencia de La Buena Noticia es la revelación de Dios. Dios = Abbá lo cambia todo. Juan lo expresa en el terreno de los conceptos: Dios es amor.

Jesús no lo dijo así, sino con una parábola: Dios es mi Abbá. Abbá indica qué clase de amor es el de Dios: el de los padres que por puro amor ponen a un ser en el mundo, lo sacan adelante y lo quieren más cuanto más les necesita. Como siempre, la parábola expresa mucho más que el concepto.

La parábola de Abbá define también al ser humano: es hijo. Le hace falta saberlo y, a partir de ahí, comportarse como tal. Hijo, no asalariado: responsable de las cosas de su padre, porque son las suyas. No trabaja por miedo, ni por deseo de premio ni por temor de castigo. La revelación "soy hijo" cambia la motivación de su vida. El padre y los hermanos definen su personalidad.

En una relación ideal padre-hijo-hermanos no hay lugar para cumplimientos ni para mínimos. El amor entre las personas hace que las obligaciones, lo mandado, sean expresión del cariño. El amor mutuo hace que lo obligatorio sea siempre mucho menos de lo que se desea hacer por los otros. No hay padres que se limiten a cumplir sus obligaciones. No hay relaciones entre hijos y hermanos que se basen en la justicia.

El resumen de la Buena Noticia es por tanto un gozoso descubrimiento: "Mi padre me quiere, mis hermanos me necesitan". Y, al contrario, yo necesito de ellos, de padre y de madre y de hermanos: y sé que puedo contar con su cariño. Eso es, precisamente eso, una comunidad cristiana, formada por su fe en Abbá, que produce amor fraternal.

Cuando decimos que todos los mandamientos se resumen en "Amar a Dios y al prójimo" lo expresamos con una fórmula torpe. Amar a Dios no es un mandamiento; amar al prójimo no es un mandamiento; amar no puede ser nunca Ley, a no ser que se entienda como una ley física o biológica, una necesidad que va con nuestra misma naturaleza. Sentirse amado por Dios, sentirse hijo, se convierte para el creyente en su ley biológico-espiritual, su manera de ser: es un motor para vivir de otra manera, que podemos especificar así:

§ Respecto a Dios: con una inmensa confianza. Desapareció el miedo. Nadie teme a su madre. Lo único que temo es disgustarle, porque le quiero. Es hora de que enterremos al dios/juez, que tan útil es para amenazar, y tan inoperante para motivar a una persona humana.

§ Respecto a mí mismo: con un inmenso sentido de la dignidad y la responsabilidad. No me conformo con menos, no hago lo que no es digno de mi padre. Y "las cosas de mi padre" son mis cosas. Ésta es la fundamentación sana de la ascesis, de mejorar día a día, de no conformarse con los propios pecados. Dar la talla, ser un hijo que colme la expectativas de mi padre.

§ Respecto a los demás: les quiero como hermanos, aunque no me caigan bien. No se trata de apreciarlos por sus cualidades. Les quiero. Por ellos, cualquier cosa. Porque mi padre no está; a él, a su cariño, no puedo responderle directamente. Pero sus hijos, mis hermanos, sí que están. Y para lo que necesiten, ahí estoy yo.

Si alguien ha pensado alguna vez que fundar la religión en el amor es menos eficaz que fundarla en el miedo, no se ha enterado de nada. Y sin embargo, algunas concepciones pastorales parecen plantearse de modos muy lejanos a éste. Ortodoxia, diez mandamientos (sin insistir en su resumen) y cumplimiento del culto. Cumplido esto, premio. No cumplido, castigo.

Otras pastorales, o al menos convicciones de gente que se dice cristiana, fundan su mediocridad en la bonachonería del Padre. Más que Padre es un juez olvidadizo y manga ancha.

Los dos extremos son caricaturas. El primero subraya la exigencia, pero la funda mal. El segundo cree entender a Dios, pero lo deforma.

Jesús es el modelo de Hijo. Conoce a Abbá, se siente hijo, se da a los hermanos. ¿Podemos pensar en Jesús trabajando por deseo de premios o temor de castigos? ¿Necesita Jesús el "no matarás", "no fornicarás", "no robarás", "no mentirás" ... ?. Realmente, en Jesús se hace visible que todos los mandamientos se resumen en amar al Padre y a sus hijos.

O R A C I Ó N
De la carta a los romanos. (8:19-26; 31-38)
La creación entera aspira a la revelación de los hijos de Dios
con la esperanza de ser liberada, ella también,
de la esclavitud de la corrupción,
para entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios.

En efecto, nosotros lo sabemos:
toda la creación hasta este día gime como en trance de parto.
Y no sólo ella:
nosotros mismos que poseemos las primicias del Espíritu,
gemimos también interiormente
esperando la redención de nuestra vida.

¿Qué decir después de esto?
Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?.
El, que no ha escatimado a su propio Hijo
sino que lo ha entregado por todos nosotros
¿cómo no nos va a conceder con El todo favor?

¿Quién será el acusador de los que Dios ha elegido?
A los que Dios justifica, ¿quién los condenará?.
¿Acaso Jesús, el que ha muerto, qué digo muerto,
el que ha resucitado y está a la diestra de Dios
e intercede por nosotros?
¿Quién nos separará del amor de Jesús?
¿La tribulación, la angustia, la persecución,
el hambre, la desnudez, ,los peligros, la espada? ....
Pero en todo esto, no tenemos la menor dificultad en triunfar
por Aquel que nos ha amado.

Sí, estoy seguro, ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades,
ni presente ni futuro ni poder alguno,
podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.


José Enrique Galarreta, SJ. (QEPD)



¡QUÉ FÁCIL ES CRITICAR, QUÉ DIFÍCIL CORREGIR!
José Luis Sicre

La formación de los discípulos
A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

1. Los peligros del discípulo:
* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)

2. Las obligaciones del discípulo:
* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)

3. El desconcierto del discípulo:
* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)

De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2º, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3º, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).

La corrección fraterna
Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquie­ra entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testi­gos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.

La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.

Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué signifi­ca la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» La decisión adoptada por ellos será refrendada por Dios en el cielo.

Relacionado con este tema están las frases finales. Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La correc­ción fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán
Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.

Los cuatro pasos en la Regla de la congregación
1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).
2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los "grandes" sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).
4) «El que calumnia a los "grandes", que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea (...) Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad... que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).

Algunos castigos
«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año...»

«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscritos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los grandes.»

«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castigado durante un año y apartado de la comunidad.»

«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.

«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los "grandes" será castigado treinta días».

José Luis Sicre



Demonios

Nos rodean, nos entrampan
con fuegos de artificio,
nos muerden por dentro.
Sus nombres son envidia,
soberbia, desprecio, violencia,
prepotencia, burla, vacuidad,
abuso…
Nos ciegan,
aturullan con su discurso
incesante, con su lógica aparente.
Nos envuelven en razones.
Y, sin apenas darnos cuenta,
nos asolan y alejan a unos de otros.
Camuflan el dolor de indiferencia,
y adornan la nostalgia con risas fáciles.

Señor de la verdad desnuda,
del amor posible,
de la justicia auténtica
Dios con rostro humano, 
hombre que apunta a Dios…
Rompe las cadenas
y líbranos del mal. 
Amén.

(José María R. Olaizola, sj)
Rezando voy





Francisco, el Papa jesuita
Francisco de Roux, S.J.

La visita del Papa es para el pueblo católico de Colombia una fiesta espiritual para acrecentar la fe y ganar en fraternidad, una oportunidad de unión en la esperanza con quienes, desde otras religiones y caminos, buscan el sentido profundo de la vida y, para todas y todos, un momento único para reconciliarnos más allá de las polarizantes luchas políticas.

Para comprender mejor al Papa hay que tener en cuenta su dimensión jesuita, con lo que tiene de valor y de límite. Tuvo una seria formación espiritual y fue maestro de novicios, con disciplina universitaria fue profesor y rector del centro de estudios de teología y filosofía, y después provincial de los jesuitas de Argentina. Participó en las controversias y búsquedas de sus compañeros después del Concilio. No aceptó el método marxista para analizar problemas sociales, pero siempre estuvo con los pobres y contra el consumismo capitalista y las desigualdades.

Ser jesuita significa reconocer la presencia actuante de Dios en todos los seres humanos y en los acontecimientos del universo. Y tener conciencia de que uno no posee a Dios para llevarlo a la gente que no lo tiene, sino que la tarea es colaborar con Dios, que ya está abriéndose paso en toda mujer y todo hombre, no importan sus creencias, para ayudar a todos a ser mejores seres humanos. Por eso el respeto de Francisco por las personas.

Ser jesuita es estar en continuo discernimiento de lo que nos quiere decir Dios en esta historia, desde la perspectiva de Jesús: desprendido de intereses de riqueza, poder y prestigio; compasivo con los excluidos y las víctimas de las guerras; misericordioso con quien se equivoca, apasionado por la justicia, entregado a la paz y la reconciliación, y llevado por el amor que da la vida por los demás.

Y Francisco todos los días hace este discernimiento que le muestra al jesuita la propia fragilidad ante el desafío. Es un pecador. Necesita de la fuerza de Dios y del apoyo de los demás para ser fiel a la tarea. Por eso pide que oremos por él.

Colocado en el corazón de la Iglesia, el jesuita sabe que la Iglesia está al servicio de la comunidad humana. Por eso, Francisco busca el bien común, el de la ética política grande, lejana de rivalidades grupales, que nos exige luchar para que todos tengan las condiciones para vivir en dignidad. E invita a sus compañeros a sentir con la Iglesia en la alegría del Evangelio, no para justificar posiciones discutibles sino para abrir, en ella y con ella, el espacio para el Espíritu.

El día que entró de jesuita, Jorge Mario Bergoglio aceptó unirse para siempre a un grupo de “hombres despojados de sus propios afectos, muertos a sí mismos para vivir para la justicia...”. Y respondió afirmativamente cuando le preguntaron si tenía “el deseo de aborrecer en todo y no en parte cuanto el mundo ama y abraza, y de admitir y desear con todas sus fuerzas posibles cuanto Cristo nuestro Señor ha amado y abrazado”. Y aceptó que “en contra de honores, fama y estimación de mucho nombre en la Tierra deseaba intensamente vestirse de la misma librea de su Señor... hasta pasar injurias, falsos testimonios, afrentas y ser tenido y estimado por loco (no dando ocasión alguna de ello) por desear parecer e imitar en alguna manera a Jesucristo”.

Este es Francisco, quien invitó a sus compañeros jesuitas en noviembre pasado a llegar a las periferias a donde otros no llegan, a tener como propio el consolar al pueblo fiel y ayudar con el discernimiento a que “el enemigo de natura humana” no nos robe la alegría. A estar presentes en los lugares donde hay dolor. A llevar la misericordia a los más pobres, a los pecadores, a los “sobrantes” y crucificados; a buscar la verdad con seriedad, libertad y coraje, y a estar al lado de los que sufren la injusticia y la violencia.





ABRAZAR A UN MUSULMÁN
J. I. González Faus, SJ.

“Necesito abrazar a un musulmán”. Esas palabras del padre del pequeño Xavi (muerto en el atentado del día 17), junto a la foto del abrazo con el musulmán que llora, rebosan tesoros de humanidad que necesitamos saborear.

El bien siempre tiene más peso y más entidad que el mal: una pepita de oro  vale más que un montón de basura. Un gramo de bondad pesará siempre más que un kilo de maldad: pues la bondad es inmortal y la maldad es perecedera por autodestructiva. Y en aquel abrazo, o en la necesidad de darlo, había más de un gramo de bondad.

En teología se habla de la autonomía del mundo: en contra de lo que quisieran muchos beatos baratos, Dios no interviene en la marcha de las cosas para arreglarlas a nuestro gusto; sólo interviene en nuestro interior para ayudarnos a afrontar las cosas. Como Jesús en Getsemaní: que no salió de allí liberado de lo que se le venía encima, pero sí con fuerza para asumirlo.

Si queremos redimir el 17A hemos de procurar sacar lo mejor de cada uno. Es humanamente inevitable que haya reacciones mezquinas, y las hubo (aprovechar el atentado para culpar a quien no piensa como yo; o para ponerse medallas nacionales o hacer juicios de intenciones sobre informaciones que se han dado, -y debían darse-…): pero ésa es nuestra pasta humana. Y en esa noche de nuestra vulgaridad, brillan como estrellas bien nítidas las palabras del padre de Xavi: “necesito abrazar a un musulmán”, y el rostro lloroso del imán que le abrazaba. Pocos sabrán ya que, cuando la pasada guerra de independencia de Argelia, un militante del FLN que había sido bárbaramente torturado por la policía francesa, pidió al salir de la cárcel escuchar un rato de música occidental, “para poder reconciliarse con Europa”. En esas reacciones, y sólo en ellas, late nuestro mejor futuro. A ellas puede ayudarnos un par de aclaraciones: una más religiosa y otra más socioeconómica.

a.- Cuando se planteó el problema de la pluralidad de religiones en la tierra, se lo quiso resolver simplistamente con el eslogan: “todas las religiones coinciden en Dios”. Pero parece evidente que el dios de los asesinos del Daesh no es el Dios del imán de Rubí, ni el de los cristianos: evoquemos la frase del gran novelista peruano José Mª Arguedas: “el dios de los señores es distinto”… Sería más exacto decir que todas las religiones coinciden en la búsqueda de Dios, o de espiritualidad: pues Dios es alguien que, aun después de revelado (si es que se ha revelado), sigue siendo Aquel al que “nadie ha visto nunca” (Juan 1,18); aquel de quien decía Tomás de Aquino que el único nombre que podemos darle es el de Innombrable; y de quien enseñó un concilio medieval: “nunca diremos de Él nada con tanta verdad que no contenga más mentira”. Aquel del que sólo sabemos que nos ama y, desde su amor, nos invita a confiar en su Misterio.

En esa búsqueda, y sólo en ella, pueden coincidir las religiones. Y esa busca llevaría a preguntarnos cómo tratamos a los amados de Dios que son los seres humanos, sobre todo los condenados de la historia.

b.- El verdadero conflicto no está hoy entre cristianos y musulmanes, sino entre occidentales y árabes; y no es bueno que lo religioso sirva para enmascarar esa otra cuestión. A propósito de un escrito anterior más largo (Pasión de Barcelona, pasión del mundo) y que circuló por ahí en whatsapps y demás, me escribió alguien más metido que yo en el mundo de lo económico, que una de las causas que nos vuelven odiosos (y que yo no mencionaba) es que los occidentales necesitamos el petróleo que está en los países árabes y obligamos a éstos a plegarse a nuestras exigencias; que la distribución de los beneficios del petróleo es descaradamente desigual en favor nuestro, y que ya en un memorial del nefasto H. Kissinger, en 1974, EEUU reclamaba “las riquezas minerales del tercer Mundo para sí y sus multinacionales”. Y me remitía a la “web” de la OPEC donde hay un gráfico titulado: “who got what from a liter of oil” (qué saca cada quién de un  litro de petróleo)…

En este mundo imperialista y vengativo, el padre de Xavi necesitaba abrazar a un musulmán; como yo necesito que me abrace un musulmán, necesito abrazar a Raquel, la profesora de los chavales terroristas de Ripoll, aunque no la conozco y aunque sea sólo digitalmente: porque nuestro espíritu tiene dimensiones para las que el cuerpo resulta ya impotente. Quizá todos necesitemos abrazarnos pero precisamente ahora. No cuando el Barça gane un partido o tonterías de ésas.


Que se abracen pues un texto musulmán y otro cristiano: “Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su religión no era la mía. Ahora mi corazón se ha convertido en receptáculo de todas las formas religiosas… porque profeso la religión del amor y voy a donde me lleva su cabalgadura. Pues el amor es mi credo y mi fe” (Ibn Arabí). “Si alguien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano al que ve, es un mentiroso” (1ª Jn, 4, 12-21).

J. I. González Faus, SJ.